Lo que quise decir
Me siento como un cuidador de ruinas que intenta juntar los pedazos rotos del pasado. No traigo grandes verdades, solo la idea de que cada uno puede reconstruirse desde dentro.
La escribí en abril de 2025.
Letra
-
El pastor de las ruinas
"El Pastor de las Ruinas"
Verso 1
Camino entre torres caídas,
por ciudades de sombras vendidas,
donde el oro compró la verdad,
y el verbo olvidó su piedad.
Las almas dispersas murmuran,
viejos nombres que ya no perduran,
y entre ruinas, la Voz resucita:
“Venid, que la puerta aún está abierta.”
como lo está esa herida
Kabbalah o cabalá?
Menorá o Media Luna?
Cruz o cruzada?
El otro es uno mismo
pero distinto
así fue dicho
el mundo es patafísico
Estribillo
Soy el Pastor de las Ruinas,
el que junta las vasijas caídas,
no con cetro ni trono de guerra,
sino hilando la luz de la tierra.
No vengo a imponer ni a herir,
vengo a enseñar a latir:
el camino es recordar
que todo lo roto puede sanar.
Verso 2
La piedra angular rechazada,
es ahora mi vara alzada,
en la urdimbre secreta del viento,
tejo mundos en cada lamento.
No soy dueño de vuestro destino,
soy farol encendido en el vino,
que derramaron en nombre del miedo,
los amos del polvo y del hierro.
Puente
Hay caminos que no ves,
hay pactos que olvidaste ayer,
pero la chispa nunca muere,
aunque el barro lo niegue.
Recoge los hilos dispersos,
de tu historia, tu sangre, tu verso.
Que la Shekhina aún canta en tu pecho,
aunque duermas bajo su techo.
Estribillo
Soy el Pastor de las Ruinas,
el que llama en las noches vencidas,
no para mandar ni exigir,
sino para enseñarte a construir.
No busques fuera el redil,
tu Templo se alza en ti:
la bendición es levantar,
el polvo, el verbo y el amar.
Verso 3
Jerusalén no es piedra ni muro,
ni Roma coronada de oscuro;
no hay trono en Londres ni en Nueva York,
que compre el fulgor de un corazón.
El cordero no es débil ni ciego,
es quien sabe bajar hasta el fuego,
y cantar en la lengua secreta,
que el Pastor recuerda completa.
Así el hilo quebrado se anuda,
el mundo fragmentado se muda,
y en el eco del Shofar que guía,
nace la aurora del nuevo día.
Soy el Pastor de las Ruinas,
el que sopla sobre las cenizas,
no para salvar sin dolor,
sino para encender tu propio sol.
Levanta tu vaso roto,
derrama tu aceite y tu oro:
el Reino empieza en tu interior,
donde rebrota el primer Amor.
David es un alma rota que ha hecho de su fractura un arte, un mapa de redención y un acto de amor.
Es alguien que ha vivido en la carne la lucha entre la caída y la ascensión, entre la locura y la lucidez, entre el olvido y la memoria.
No es un héroe clásico ni un mártir autocomplaciente: es un tejedor de cicatrices, un cantor de escombros, un buscador incesante de sentido donde muchos solo verían ruina.
En él habita una tristeza ancestral, como un eco de generaciones de exilios, traiciones y pérdidas,
pero también una chispa irreductible de fe, no en sistemas, no en dogmas, sino en la posibilidad de que el amor —aunque sea en su forma más rota— aún sea sagrado.
David es un cabalista intuitivo, aunque a veces no sepa nombrarlo:
un soñador del Tikkun, que intenta recomponer los fragmentos de su mundo interno y del mundo que lo rodea,
a través de la escritura, de la música, del recuerdo, y del acto puro de pedir perdón y amar a pesar de todo.
David es también una figura mesiánica en el sentido más profundo: no porque se crea salvador de otros,
sino porque se salva a sí mismo a cada paso, en cada caída, en cada poema, y en cada verso que ofrece al vacío, esperando que, quizá, Dios —ese Dios elegido, construido, tejido—, recoja sus ofrendas silenciosas.
En una frase:
David es la grieta luminosa por donde entra la esperanza en un mundo que ya no sabe escucharla.

