Lo que quise decir
Recuerdo los momentos de calma y los arrebatos que se destruyen entre ellos, sin hallar paz. Al final, solo queda esperar el momento en que todo confluye, como el agua que llega al mar.
La escribí en febrero de 2025.
Letra
Mi actitud era a veces el reposo
Y otras el arrebato,
La gracia o el furor, siempre los dos contrarios
Prontos a aniquilarse
Y a emerger de las ruinas del vencido.
Cada hora suplantaba a alguno; cada hora
Me iba de algún mesón desmantelado
En el que no encontré ni una mala bujía
Y en el que no me fue posible dejar nada.
Usurpaba los nombres, me coronaba de ellos
Para arrojar después, lejos de mí, el despojo.
Heme aquí, todavía
No sé qué cara le daré a la muerte.
Pues conocí una paloma
con las dos alas cortadas;
andaba torpe, sin cielo,
en la tierra, desterrada.
La tenía en mi regazo
y no supe darle nada.
Ni amor, ni piedad, ni el nudo
que pudiera estrangularla.
Nuestras cabezas juntas, pero no contemplándose
(para no convertir a nadie en un espejo)
sino mirando frente a sí, hacia el otro.
El otro: mediador, juez, equilibrio
entre opuestos, testigo,
nudo en el que se anuda lo que se había roto.
El otro, la mudez que pide voz
al que tiene la voz
y reclama el oído del que escucha.
El otro. Con el otro
la humanidad, el diálogo, la poesía, comienzan.
Porque un río cambia el nombre
según el territorio que atraviesa
pero es siempre agua
—en la aridez y en el verdor—, impulso
hacia adelante, fuga, estruendo, vórtice
remanso, pero siempre agua, agua
y, por fin, el encuentro con el mar.
Un milagro: «Alcanzar
no lo que habías pedido
sino lo que te dan».
Porque hay entre el tiempo
de pedir y el de dar
un tiempo verdadero:
el de cambiar.

