I. Quince horas

En 1930, con el mundo hundido en la Gran Depresión, John Maynard Keynes escribió un ensayo optimista titulado «Las posibilidades económicas de nuestros nietos». Calculaba que en cien años el nivel de vida de los países avanzados sería entre cuatro y ocho veces el de entonces, y que bastaría con trabajar tres horas al día, quince a la semana. Su fecha es 2030. Faltan cuatro años.
Acertó a medias. Los países ricos son hoy mucho más ricos que en 1930, pero la jornada sigue entre treinta y cinco y cuarenta horas. La productividad se convirtió en cosas y en fortunas, y muy poco en tiempo. Las máquinas trabajaron más, y nosotros también.
Keynes anunció además otro problema, del que se habla menos. Cuando el hombre se libre de las preocupaciones económicas, escribió, se enfrentará por primera vez desde su creación a «su problema real, su problema permanente»: cómo usar esa libertad, cómo ocupar el ocio que la ciencia y el interés compuesto le habrán ganado, para vivir sabia, agradable y bien. Y temía un colapso nervioso general, como el que ya veía entonces en las esposas de las clases acomodadas, mujeres a las que su riqueza había privado de sus tareas de siempre y que no encontraban nada con qué sustituirlas.
Casi un siglo después, la promesa vuelve con la inteligencia artificial y los robots, y esta vez parece más cerca. Lo que sostengo cabe en una frase, aunque sea larga y lleve una condición dentro:
La automatización va a liberarnos del trabajo y a resolver el problema de las pensiones con subidas brutales de productividad, siempre que se tribute adecuadamente y se repartan esas rentas entre los que perderán el trabajo y los pensionistas, quedando una élite técnica que sostendrá los sistemas automatizados de IA y a los robots trabajadores, o incluso llegará el momento en que la IA se mejorará y mantendrá a sí misma sin intervención humana.
II. La cuenta de las pensiones

En España hay algo más de veintidós millones de afiliados a la Seguridad Social y más de diez millones de pensiones contributivas, unos dos afiliados por pensión. El gasto en pensiones ronda este año el trece por ciento del PIB, y el propio Gobierno calcula que tocará techo hacia 2050, por encima del quince, cuando se haya jubilado toda la generación del baby boom.
El sistema es de reparto. Los que trabajan pagan, con cotizaciones sobre su sueldo, las pensiones de los que ya trabajaron. Ahí está la trampa de la automatización tal como estamos organizados. Una máquina que hace el trabajo de diez personas produce lo mismo que ellas y no cotiza. Si las cosas siguen como están, cada robot que entra en una fábrica mejora la cuenta de resultados de la empresa y empeora la de la Seguridad Social. Hay más riqueza y menos gente pagando las pensiones.
La salida es sencilla de enunciar. La riqueza que producen las máquinas tiene que pagar lo que antes pagaba el salario, y eso exige cambiar la base de los impuestos, que hoy descansa sobre el trabajo, y llevarla al capital.
Queda la duda de si llegará la subida brutal de productividad. En 1987 el economista Robert Solow escribió que la era de los ordenadores se veía en todas partes menos en las estadísticas de productividad, y la frase sigue citándose porque sigue siendo verdad a ratos. Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía en 2024, calculó que en diez años la inteligencia artificial añadiría menos de un uno por ciento a la productividad total de la economía estadounidense. Goldman Sachs, en cambio, habla de un siete por ciento más de PIB mundial. Supongamos que acierta el más optimista, porque si no llega la riqueza, no hay nada que repartir y este ensayo sobra.
Aun así, habrá cosas que no se abaraten. William Baumol explicó hace sesenta años que un cuarteto de cuerda necesita hoy los mismos cuatro músicos y los mismos minutos que en tiempos de Mozart. Todo lo que dependa de la presencia de una persona, como cuidar a un enfermo, enseñar a un niño o acompañar a un viejo, se encarecerá en comparación con lo que hacen las máquinas. Lo más humano será lo más caro, y el dinero de la productividad tendrá que pagar también eso.
III. A quién se le cobra

En 2017 el Parlamento Europeo debatió un impuesto a los robots. Lo proponía el informe de la eurodiputada luxemburguesa Mady Delvaux para financiar la reconversión de quienes perdieran su empleo. La resolución sobre robótica salió adelante y la tasa se quedó fuera. Ese mismo año Bill Gates defendió la idea en una entrevista. La objeción práctica es seria, porque un programa que sustituye a cien administrativos no tiene cuerpo y no hay robot al que ponerle la etiqueta.
En 2021 Sam Altman, el director de OpenAI, publicó un texto titulado «La ley de Moore para todo». Proponía un fondo nacional alimentado cada año con el dos y medio por ciento del valor de mercado de las grandes empresas, pagado en acciones, y con otro dos y medio por ciento del valor del suelo. El fondo se repartiría entre todos los adultos, y él calculaba que en una década tocarían a unos trece mil quinientos dólares por cabeza y año. Cinco años después, ese impuesto no se ha aplicado a ninguna empresa, tampoco a la suya.
Hay precedentes que funcionan. Desde 1982 Alaska reparte cada año a cada residente un dividendo del fondo que se alimenta del petróleo. Noruega metió los ingresos de su petróleo en un fondo soberano que hoy es de los mayores del mundo, y el nombre oficial de ese fondo es Fondo de Pensiones del Gobierno. La renta de un recurso que no necesita mucha mano de obra se convirtió en patrimonio común. Un fondo de la automatización haría lo mismo con la renta de las máquinas.
Tributar adecuadamente también significa hacerlo en todas partes a la vez, porque el capital se muda con más facilidad que una persona. En 2021 más de ciento treinta países acordaron en la OCDE un impuesto mínimo del quince por ciento para las grandes multinacionales. Costó años de negociación, y da una idea de lo que costará ponerse de acuerdo en el siguiente.
IV. Quién decide el reparto

El reparto no ocurre solo, y aquí está lo más delicado de la condición. Los Estados que viven de la renta del petróleo suelen escuchar poco a sus ciudadanos, porque no dependen de su trabajo ni de sus impuestos. Noruega es una excepción, y lo es en buena parte porque tenía una democracia sólida antes de encontrar el petróleo.
Durante dos siglos la mayoría ha tenido una palanca. La huelga funciona porque sin los trabajadores no se produce nada. Los derechos laborales y las propias pensiones se consiguieron en buena parte con esa palanca. Si las máquinas hacen el trabajo, la mayoría deja de ser necesaria para producir, y su fuerza se queda en el voto y en la calle.
Por eso la condición de mi tesis es política antes que técnica. El reparto tiene que quedar fijado en leyes y en instituciones mientras la mayoría todavía es necesaria, igual que Noruega fijó el destino de su petróleo antes de hacerse rica. Si se deja para después, se negociará desde la debilidad.
V. Morlocks

En La máquina del tiempo, de 1895, H. G. Wells imaginó a la humanidad del año 802.701 partida en dos especies. Los Eloi viven en la superficie, en jardines, ociosos, guapos y aniñados. Los Morlocks viven bajo tierra, entre máquinas que solo ellos saben mantener, y de noche suben a la superficie a cazar Eloi para comérselos. Wells llevaba al extremo la Inglaterra de su tiempo, con los ricos ociosos arriba y los obreros en las minas y las fábricas. En el futuro de mi tesis los papeles se invierten. Los que bajan a las máquinas son la élite, y la mayoría vive arriba, del reparto.
Esa élite ya existe y es estrecha. Las máquinas de litografía con las que se fabrican los chips más avanzados las construye una sola empresa del mundo, ASML, en los Países Bajos, y la mayoría de esos chips salen de las fábricas de otra, TSMC, en Taiwán. Detrás vienen los centros de datos, las centrales eléctricas y las redes. Muy poca gente en el mundo sabe hacer lo que hacen ellos. John Kenneth Galbraith llamó tecnoestructura, en 1967, a la gente que de verdad gobierna las grandes empresas porque es la única que entiende cómo funcionan.
Quien mantiene lo indispensable tiene poder, y los Morlocks acabaron comiéndose a los Eloi. El contrapeso que conocemos es el de los servicios públicos. La infraestructura de la que dependa la vida de todos, como ya pasa con el agua o con la red eléctrica, tendrá que estar bajo control democrático, y el saber que la sostiene tendrá que estar abierto en escuelas y universidades para que la élite técnica sea un oficio y nunca una casta.
VI. La última invención

En 1965 el matemático I. J. Good, que había descifrado códigos alemanes con Alan Turing, escribió que la primera máquina ultrainteligente sería la última invención que el hombre necesitaría hacer, «siempre que la máquina sea lo bastante dócil para decirnos cómo mantenerla bajo control». La segunda parte de la frase se cita mucho menos que la primera.
Algo de aquello ya ha empezado. En 2025 Google DeepMind presentó AlphaEvolve, un sistema movido por Gemini que diseña algoritmos. Uno de ellos reparte el trabajo en los centros de datos de Google y les devuelve, de media, el siete por mil de su capacidad de cálculo mundial. Otro aceleró una pieza del entrenamiento del propio Gemini. Una inteligencia artificial mejoró, en producción, la infraestructura y el entrenamiento de la inteligencia artificial.
El mundo físico va más despacio. El roboticista Hans Moravec observó en 1988 que lo que a nosotros nos cuesta, como jugar al ajedrez, a la máquina le resulta fácil, y lo que hace cualquier niño, como coger una pieza pequeña o abrir un grifo, a la máquina le cuesta muchísimo. Para que la inteligencia artificial se mantenga a sí misma hacen falta manos que cambien discos y reparen tendidos, y esas manos todavía son humanas.
E. M. Forster escribió en 1909 un cuento, «La máquina se para», que parece pensado para esta parte de la tesis. La humanidad vive bajo tierra, cada uno en su celda, y una Máquina le da todo lo que necesita. Un aparato de reparación se encarga de que la Máquina no falle nunca. Con los años, la gente olvida cómo funciona y empieza a rezarle. Un día el aparato de reparación se estropea, ya nadie sabe arreglarlo, y la Máquina se para. Una inteligencia artificial que se mantenga sola nos ahorraría trabajo y nos haría olvidar cómo se hacen las cosas. Conservar ese saber, aunque no haga falta, sería parte del precio.
VII. Neurosis dominical

En 1919 el psicoanalista húngaro Sándor Ferenczi describió a pacientes que enfermaban los domingos y lo llamó neurosis dominical. Viktor Frankl retomó el nombre y lo definió como la depresión que sufren quienes, cuando se acaba el ajetreo de la semana, se dan cuenta de lo vacía que está su vida. En los jubilados se habla de síndrome de la jubilación. Frankl habló también de una neurosis del desempleo. En la Viena de los años treinta atendía a jóvenes parados que se sentían inútiles, y de sentirse inútil a pensar que la vida no tiene sentido hay muy poco trecho.
El mejor retrato de ese estado lo hicieron Marie Jahoda, Paul Lazarsfeld y Hans Zeisel en Marienthal, un pueblo cercano a Viena donde en 1930 cerró la fábrica textil y casi todo el mundo se quedó sin trabajo. Lo llamaron una comunidad cansada. Midieron la velocidad con que la gente recorría la calle principal, y los hombres andaban más despacio. Tenían todo el día libre y usaban cada vez menos la biblioteca.
Años después, Jahoda explicó lo que habían perdido. El empleo da un sueldo, y además ordena el tiempo del día, obliga a tratar con gente de fuera de la familia, une a una tarea común, da un lugar en la sociedad y mantiene a la persona en movimiento. Una renta básica puede reponer el sueldo. Para lo demás no hay nada previsto.
Entre 2017 y 2018 Finlandia dio a dos mil parados quinientos sesenta euros al mes sin condiciones. Al final del experimento trabajaban más o menos lo mismo que los demás, y se sentían mejor que ellos, con menos tensión y menos soledad. Quitar la angustia del dinero alivia mucho. La pregunta de Keynes sigue en pie.
Hannah Arendt la formuló con toda su crudeza en 1958, en el prólogo de La condición humana. Lo que tenemos delante, escribió, es la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, sin la única actividad que les queda. «Está claro que nada podría ser peor.»
VIII. Domingo perpetuo

Max Weber escribió en 1905 que el puritano quiso ser un hombre de profesión y que nosotros tenemos que serlo. Lo seguimos siendo. Cuando nos presentan a alguien, la segunda pregunta, después del nombre, es a qué se dedica. Un futuro sin trabajo obliga a aflojar ese nudo, y eso lleva generaciones.
Los griegos llamaban al ocio scholé, y de esa palabra viene escuela. Para ellos el tiempo libre era el de aprender y ocuparse de la ciudad. Bertrand Russell pidió en 1932, en su «Elogio de la ociosidad», una jornada de cuatro horas, y advertía que usar bien el ocio es fruto de la civilización y de la educación. Ni los griegos ni Russell pensaban en el ocio como un hueco que rellenar.
Con todo lo anterior, ese futuro se puede perfilar. En lo técnico, máquinas que trabajan y en parte se mantienen solas, una élite pequeña que sostiene la infraestructura y un consumo de energía enorme que alguien tendrá que producir. En lo económico, impuestos sobre el capital y un fondo común que pague las pensiones y una renta a quienes ya no trabajen, como Noruega con su petróleo. En lo social, un reparto que habrá que fijar mientras la mayoría todavía es necesaria y una infraestructura gobernada como un servicio público. En lo humano, lo más difícil, que es convertir el tiempo liberado en una vida con sentido. Harán falta instituciones del ocio construidas con la misma seriedad con que se construyó la escuela obligatoria, y el trabajo de cuidar, que las máquinas hacen peor que nadie, puede ocupar el centro de ese tiempo.
En Marienthal, los parados tenían todo el día libre y cada vez iban menos por la biblioteca. A pocos kilómetros, en Viena, y por los mismos años, Frankl colocaba a jóvenes parados como voluntarios en bibliotecas, escuelas de adultos y organizaciones juveniles, y contaba que se les pasaba la depresión aunque siguieran sin cobrar un céntimo.
Obras citadas
- John Maynard Keynes, «Economic Possibilities for our Grandchildren» (1930), en Essays in Persuasion (1931).
- Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, proyecciones del gasto en pensiones (2025); Ivie y KPMG, estimaciones del gasto en pensiones de 2026.
- Robert M. Solow, «We'd better watch out», The New York Times Book Review (12 de julio de 1987).
- Daron Acemoglu, «The Simple Macroeconomics of AI» (2024); Goldman Sachs, «The Potentially Large Effects of Artificial Intelligence on Economic Growth» (2023).
- William J. Baumol y William G. Bowen, Performing Arts: The Economic Dilemma (1966).
- Parlamento Europeo, resolución sobre normas de Derecho civil sobre robótica (16 de febrero de 2017), sobre el informe de Mady Delvaux.
- Sam Altman, «Moore's Law for Everything» (16 de marzo de 2021).
- OCDE, acuerdo sobre el impuesto mínimo global, Pilar Dos (octubre de 2021).
- H. G. Wells, La máquina del tiempo (1895).
- John Kenneth Galbraith, El nuevo Estado industrial (1967).
- I. J. Good, «Speculations Concerning the First Ultraintelligent Machine» (1965).
- Google DeepMind, «AlphaEvolve: A Gemini-powered coding agent for designing advanced algorithms» (14 de mayo de 2025).
- Hans Moravec, Mind Children (1988).
- E. M. Forster, «The Machine Stops» (1909).
- Sándor Ferenczi, «Sonntagsneurosen», Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse (1919).
- Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido (1946) y sus escritos sobre la neurosis del desempleo (1933).
- Marie Jahoda, Paul F. Lazarsfeld y Hans Zeisel, Los parados de Marienthal (1933); Marie Jahoda, Employment and Unemployment (1982).
- Kela, resultados del experimento de renta básica de Finlandia 2017-2018 (2020).
- Hannah Arendt, La condición humana (1958), prólogo.
- Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905).
- Bertrand Russell, «Elogio de la ociosidad» (1932).

