I. Cuatro toques

Bloquear a alguien cuesta cuatro toques. Se abre su perfil, se busca la opción, el teléfono pregunta si estás seguro y le dices que sí. Desde ese momento la otra persona escribe a una pared. Puede tardar días en darse cuenta, y lo deduce por indicios: ya no ve tu foto y sus mensajes se quedan para siempre con un solo tic, enviados y nunca entregados. Nadie le comunica nada. Las aplicaciones han puesto el botón muy a mano y han escondido sus efectos; el bloqueado casi nunca recibe un aviso.
Bloquear se ha vuelto un gesto corriente. Se dice «lo he bloqueado» con el mismo tono con que se dice «he bajado la basura». Se bloquea a quien te ha llevado la contraria en un grupo, a quien ha escrito dos veces seguidas sin respuesta, a quien ha dejado de hacerte gracia o a quien ha querido hablar de algo que te incomodaba. El mismo botón sirve para defenderse de una amenaza y para ahorrarse una conversación. El primer uso es legítima defensa. Me interesa el segundo.
Lo que sostengo cabe en una frase, y va en segunda persona:
Te crees tan valioso que te permites el lujo de bloquear a otra persona y descartarla como si fuera un objeto de consumo, algo que jamás harías en persona con alguien de carne y hueso, cuando te refugias en relaciones que no son más que interacciones con gente prescindible, sin ninguna profundidad real ni vínculos sólidos más allá de meros intereses compartidos.
II. Carne y hueso

Antonio Machado lo dejó escrito en uno de sus proverbios: «El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve». En una pantalla hay cientos de ojos y ninguno te ve. Puedes mirar la foto de alguien durante una hora sin que esa cara te devuelva nada. El bloqueo se ejecuta delante de unos ojos que no miran, y por eso cuesta tan poco.
Haz la prueba de trasladarlo a una habitación. Estás sentado a una mesa con alguien que te está hablando. Sin decir nada, te levantas y te vas. Desde ese día, si te lo cruzas por la calle, miras hacia otro lado como si no existiera, y así durante años, sin haberle explicado nunca por qué. Casi nadie es capaz de hacer algo así, y a quien lo hace lo tenemos por cobarde o por maleducado. En persona, hasta la ruptura más fría obliga a decir una frase y a ver cómo le cambia la cara al otro. Hay que aguantar esa cara y oír lo que conteste, aunque conteste mal.
Emmanuel Levinas, que pasó cinco años en un campo de prisioneros de guerra, pensaba que el rostro desnudo del otro nos dice antes que nada «no matarás». La pantalla quita el rostro y, con él, esa orden. Nadie mata a nadie por bloquearlo, desde luego, pero lo borra de su mundo con un gesto que, delante de su cara, le costaría mucho más. Los psicólogos llaman desinhibición en línea a ese efecto por el que, al sentirnos invisibles y sin testigos, hacemos y decimos lo que jamás haríamos en presencia del otro. El bloqueo es su forma más silenciosa.
III. Por encima

Soberbia viene del latín superbia, y superbia, de super: por encima. San Agustín la definió como perversae celsitudinis appetitus, el apetito de una altura torcida. El soberbio se coloca arriba y desde allí decide quién merece su atención. Bloquear sin una palabra es un acto de esa altura. Quien lo hace se sienta a juzgar a la otra persona y ejecuta la sentencia en el mismo segundo, sin haberla escuchado.
El derecho tiene desde hace siglos un principio contra eso: audi alteram partem, óigase también a la otra parte. Hasta al rebelde se le cita. En un juzgado, la rebeldía se declara cuando alguien, llamado en forma, no comparece; por lo menos se le llamó. Al bloqueado no se le llama. No sabe de qué se le acusa, y muchas veces ni siquiera sabe que ha habido juicio.
La palabra exacta es lujo. El lujo consiste en gastar lo que uno cree que le sobra. Quien bloquea a la ligera está convencido de que le sobra gente, de que detrás de cada persona descartada esperan diez más, y en las redes el recuento le da la razón, porque hay miles de personas a las que les gusta la misma serie o el mismo juego. Donde se equivoca es en el valor. Te crees valioso porque los demás te sobran, y eso no dice nada de lo que vales.
Ahí entra el consumo. En 1970 el economista Albert O. Hirschman publicó un libro sobre lo que hacemos cuando una empresa o una organización nos decepciona. Podemos dejar de comprarle y pasarnos a la competencia; Hirschman lo llamó salida. O podemos protestar y exigir que lo arreglen; eso es la voz. La salida es limpia y no exige nada. La voz es incómoda y obliga a quedarse un rato más. El libro tenía un tercer término, la lealtad, que es lo que hace que alguien prefiera hablar antes que marcharse, aunque marcharse le resulte más fácil.
El bloqueo es la salida aplicada a las personas. Quien bloquea trata a otro ser humano como a una marca de yogures que ha dejado de gustarle, y cambia de marca sin molestarse en reclamar. Así se trata a un objeto de consumo, que se usa mientras satisface y, cuando decepciona, se sustituye por otro igual. Falta la voz porque falta la lealtad, y la lealtad necesita algo a lo que agarrarse.
IV. Gente prescindible

Muchas de las relaciones que hoy se cortan con un botón nacieron sin nada a lo que agarrarse. Son vínculos de grupo o de chat temático, gente que coincide en una afición, en un juego, en una causa o en una serie. Se conocen por el apodo y por lo que opinan sobre el tema común. A veces se han oído la voz. Casi nunca se han visto la cara, y no saben a qué se dedica el otro, si tiene hijos, si está enfermo ni qué hace cuando apaga el ordenador. Lo que los une es un interés, y un interés se comparte con miles de desconocidos.
El vocabulario lo delata. A eso lo llamamos interacciones, la misma palabra con la que las plataformas miden lo que pasa en una publicación. Nadie dice que interactúa con su hermano. Una interacción no deja deudas. Termina cuando termina y no obliga a nada.
Zygmunt Bauman lo vio a principios de este siglo en Amor líquido, un libro sobre la fragilidad de los vínculos humanos. Las relaciones, escribía, se estaban sustituyendo por conexiones, y lo cómodo de una conexión es que se deshace con la misma facilidad con que se hace. Recogía la ventaja que un joven le encontraba a ligar por internet: siempre se puede pulsar la tecla de borrar. Más de veinte años después, la tecla se llama bloquear y hace algo más, porque además de borrar al otro le impide encontrarte.
Esas relaciones son un refugio, y se entiende por qué. Los vínculos sólidos cansan. Piden tiempo y obligan a dejar que el otro conozca tus defectos. En ellos uno se equivoca delante de alguien que se acuerda. A un hermano puedes bloquearlo en el teléfono, pero te lo vuelves a encontrar en la mesa de Nochebuena, y allí hay que mirarle y pasarle la sal. Un amigo de veinte años no desaparece con cuatro toques. Con él hay que discutir y, cuando se le pase, volver a llamar.
En el refugio no pasa nada de eso. Nadie te conoce lo bastante para reprocharte algo con fundamento, y si alguien lo intenta, el botón está a mano. El precio es que tampoco nadie te sostiene. Quien vive rodeado de gente prescindible aprende que la gente es prescindible, y la regla vale también para él. Lo sabe aunque no lo diga. Esa soberbia tiene su revés en el miedo a ser el descartado, y una forma de no serlo nunca es descartar primero.
V. Amor propio

Quien bloquea por soberbia suele invocar el amor propio. Se ha extendido la idea de que quererse consiste en apartar sin miramientos todo lo que molesta y en no deberle explicaciones a nadie. El castellano ya avisa de la trampa. Cuando decimos que a alguien le han herido el amor propio, hablamos de su orgullo. La misma expresión sirve para la estima sana de uno mismo y para la vanidad ofendida, y esa ambigüedad le viene muy bien a quien bloquea.
Rousseau separó las dos cosas en una nota de su Discurso sobre la desigualdad, de 1755. Llamó amor de sí al sentimiento natural que lleva a todo animal a velar por su propia conservación y que en el hombre, dirigido por la razón y modificado por la piedad, produce la humanidad y la virtud. El amor propio era otra cosa: «un sentimiento relativo, artificial y nacido en la sociedad, que lleva a cada individuo a hacer más caso de sí mismo que de cualquier otro». A él le atribuía todos los males que los hombres se hacen unos a otros. El amor de sí no necesita a nadie por debajo. El amor propio solo existe por comparación y necesita estar por encima.
El que se invoca para bloquear es casi siempre el segundo. Erich Fromm desmontó en El arte de amar la idea de que el egoísta se quiere demasiado. Según él, se quiere poco, y en el fondo se odia. Quien se quiere bien soporta que le lleven la contraria, puede oír un reproche sin sentir que se derrumba, sabe decir que no con palabras y mirando a la cara y es capaz de pedir perdón. El soberbio no puede permitirse nada de eso, porque cualquier desacuerdo le recuerda que está a la misma altura que los demás. Por eso necesita que el otro desaparezca. Lo que el bloqueo protege es una imagen, y las imágenes se rompen con cualquier cosa.
Hay una prueba sencilla. Quien se valora de verdad puede cerrar una relación diciendo «no quiero seguir hablando contigo». Son cinco palabras. Reconocen al otro como alguien a quien se le debe al menos una frase. Quien bloquea en silencio se ahorra esas cinco palabras y, sobre todo, la respuesta que vendría detrás.
VI. Escudo y trono

Hay bloqueos que no tienen nada de soberbios. Quien sufre acoso o amenazas tiene todo el derecho a cerrar la puerta, y también quien ha dicho que no con claridad y ve que el otro insiste. Ese bloqueo es un escudo. Llega después de la palabra, cuando la palabra ya se ha dicho y no se ha respetado, y protege algo real, la seguridad de una persona y a veces su cuerpo.
El otro bloqueo es un trono. Ocupa el lugar de la palabra en vez de seguirla, y protege una imagen. Responde a una incomodidad o a la sospecha de haber quedado mal. En los términos de Rousseau, el escudo nace del amor de sí, que cuida de la propia conservación, y el trono nace del amor propio, que necesita estar por encima.
Para distinguirlos basta con imaginarse en una habitación con la otra persona delante. ¿Podrías explicarle, a la cara y sin vergüenza, por qué la bloqueas? Si puedes, lo más probable es que estés usando un escudo. Si la sola idea de decírselo en persona te avergüenza, si sabes que sentado frente a ella no te atreverías, el botón te está sirviendo de trono.
VII. Mirar al suelo

Humildad viene de humus, la tierra que se pisa. En la primera cornisa del Purgatorio, Dante pone a los soberbios a caminar doblados hacia esa tierra bajo piedras enormes, y el que más aguante muestra parece decir, llorando: «No puedo más». Pasaron la vida mirando a los demás desde arriba y ahora no pueden levantar la vista.
En la pared de esa misma cornisa hay tallados en mármol ejemplos de humildad. Uno es el del emperador Trajano. Está a punto de salir a la guerra al frente de su ejército cuando una viuda pobre se agarra al freno de su caballo y le pide justicia por su hijo muerto. Trajano le dice que espere a que vuelva. Ella le pregunta qué pasará si no vuelve. Él contesta que la atenderá quien ocupe su lugar, y ella le pregunta de qué le sirve a él el bien que haga otro si olvida el suyo. Entonces Trajano se queda, porque, como dice en el poema, «la justicia lo quiere y la piedad me retiene».
El hombre más poderoso de su tiempo tenía un ejército esperando y una guerra por delante, y se paró a escuchar a una mujer que no podía darle nada.
Obras citadas
- Antonio Machado, «Proverbios y cantares», en Nuevas canciones (1924).
- Emmanuel Levinas, Totalidad e infinito (1961) y Ética e infinito (1982).
- John Suler, «The Online Disinhibition Effect», CyberPsychology & Behavior, 7 (3), 2004.
- San Agustín, La ciudad de Dios, libro XIV, capítulo 13.
- Albert O. Hirschman, Salida, voz y lealtad (1970).
- Zygmunt Bauman, Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (2003).
- Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755), nota XV.
- Erich Fromm, El arte de amar (1956).
- Dante Alighieri, Purgatorio, canto X.

