ClaroscuroEl sombrerero con diagnóstico
Humpty Dumpty, en lo alto del muro. Ilustración de John Tenniel.

Letras de canciones

Loff Quotes

Estas diez letras son canciones de Loff Quotes, transcritas de lo que se canta, con los estribillos una sola vez.

Las primeras hablan del trabajo, la vivienda, el dinero y las fronteras; las últimas, de la soledad, del amor y de la propia poesía.

Danilo Martín

I. Cárnicas

Suena el móvil a las nueve, número desconocido en la pantalla.
Una voz de terciopelo me vende la gran batalla:
«Hola, buscamos un perfil ninja, un rockstar, un gurú,
para un proyecto internacional, y ese solo puede ser tú.
Somos líderes, hay fruta fresca y futbolín en la esquina»,
pero no dicen que la fruta tiene moho y es pura ruina.
Me hablan de carrera, de formación, de un plan de crecimiento,
mientras oigo de fondo la trituradora de talento.

Bienvenido al sector TIC de España, la gran charcutería
donde se vende carne humana al peso, día tras día.
Me siento en la silla, el portátil pide la jubilación,
tecleando código basura sin ninguna motivación.
Y aquí empieza el truco, la magia negra del mercado:
yo pongo el trabajo y otro se lleva el resultado.
El cliente paga por mí a precio de oro, de platino,
cuatro veces mi salario, un margen que es asesino.
¿Dónde va esa pasta? ¿A mi cuenta?
Ja, ni de coña: se queda en el despacho del gerente.
Esa es la ponzoña: ellos ponen el cazo,
yo pongo las ojeras y la vida;
ellos cambian de coche, yo busco una salida.

Y lo mejor es la cadena, el ciempiés laboral:
el cliente final contrata a la consultora,
a la multinacional, que subcontrata a la B,
la nacional resultona, que subcontrata a la C,
una SL cutre de la zona,
y esa me contrata a mí, el último mono del zoo,
el primo del vecino del cuñado, en modo low cost.
Subcontratan al subcontratado que está subcontratado:
es una muñeca rusa de mierda, un sistema averiado,
tres corbatas chupando del bote sin hacer nada
mientras yo me como el marrón y la putada.

Body shopping lo llaman, suena moderno y fino;
tráfico de personas lo llamo yo en nuestro destino.
Nos alquilan por horas como si fuéramos martillos,
sin derecho, sin voz, solo llenando sus bolsillos.
Y si el proyecto se acaba, ay, amigo, qué risa:
te llaman al despacho con una prisa indecisa.
«El cliente ha parado el grifo, se acabó la función,
te pasamos a disponibilidad». Ten precaución:
mentira cochina, eso es el despido barato,
dos días mirando al techo y se rompe el contrato.
¿Por qué? Patata. Porque el Excel se ha puesto rojo.
Eres un kleenex: te usan, te tiran y cierran el ojo.

España, país de sol, cañas y consultoras cárnicas.
Nos regalan una mochila con el logo de Navidad
como si eso pagara el estrés y la ansiedad.
Cultura corporativa, dicen: valores, misión, visión.
Su única misión es tu facturación y su comisión.
Estiran el chicle hasta que el junior revienta
y al día siguiente traen a otro para cuadrar la cuenta.

Así que levanta el teclado,
compañero del metal digital,
por los que aguantan el burnout en este sistema feudal.
Que se metan sus proyectos por donde no brilla el sol:
queremos sueldos dignos, no perder el control.
Somos ingenieros, creadores, no carnes de cañón.
Que les den a todos, que les den compasión.

Seguiremos picando código,
seguiremos picando,
pero sabiendo la data.
Abajo la cárnica,
arriba la dignidad.

II. Langostos

En la ciudad de los sueños,
acumulando pisos altos,
rentan lo que encontraron.
Ellos pillaron la ola, compraron tres pisos en los ochenta,
viven de rentas mientras la burbuja contenta.
Copan todo el soil; pagado el alquiler,
no tengo ni para el gasoil.

Pisos que ni alquilan: como patrimonio son.
Es un derecho fundamental, pero ¿dónde está la razón?
Un piso quince años cerrado, ¿estás loco o cabrón?
Con el dinero, ellos juegan a reinar,
mientras el barrio entero no tiene donde habitar.

Pillaron la ola, viven de rentas, la gente se lamenta.
Langostos de piedra, ni sienten ni consienten,
perros del hortelano.
La burbuja reviente, pero ellos siguen presentes,
siempre jodiendo a las gentes.
Alquileres delirantes, precios exorbitantes;
en las sombras se mueven como expertos en vida,
mientras seguimos luchando por una salida digna.
Te cobran lo máximo que el mercado designa,
el pueblo se resigna: este maldito enigma
propio de una mente maligna.

Patrimonio en conservación, derechos en extinción.
Las calles desoladas, las casas controladas,
y encima se quejan de las ocupadas, los putos puretas.
Ley de suelo: tus sueños se vuelan,
las riquezas se amontonan,
la gente se congela,
langostos en sus torres.
Pisos que ni alquilan: como patrimonio son.
Es un derecho fundamental, pero ¿dónde está la razón?

III. Fluctuaciones

Te levantas a las ocho con el ojo inyectado,
miras la preapertura, estás obsesionado.
Te crees el lobo de Wall Street en pijama,
pero eres la oveja que va directa a la llama.
Metes los ahorros, la herencia, la nómina entera,
creyendo que el gráfico es tu puta escalera.
Analiza soportes, resistencias, canales,
trazas líneas de mierda como si fueran señales.
«Esto sube fijo», te dices al espejo,
«el RSI está abajo, compro y me alejo».
Pero el algoritmo te huele, te siente el sudor,
sabe dónde entraste, conoce tu error.
Eres plancton flotando en un mar de tiburones
y vienes a jugar con tus pobres ilusiones.

Rojo, todo está en rojo,
la vela gigante te escupe en el ojo.
La bolsa no es suerte, es una trampa mortal
diseñada para hurgarte en la herida vital.
Compraste en la cima, vendiste en el suelo,
tu dinero se quema.
Da igual el activo, la empresa o el plan:
te van a robar hasta el último pan.
El mercado descuenta tu vida y tu muerte,
aquí no hay futuro, aquí no hay suerte.

Hablan de holding, de manos de diamante,
mientras ellos venden y se compran el guante.
Te dicen «aprovecha, compra la caída»,
y lo que compras es tu propia salida de la vida.
Miras el móvil cada cinco segundos,
viviendo en la angustia de dos inframundos.
Sube un uno por ciento y te sientes un dios,
baja un diez de golpe y te cagas en todo.
Apalancamiento por cien, suicidio asistido:
te liquidan la cuenta, estás jodido.
El market maker se ríe en tu cara,
mueve el precio un centavo y tu orden dispara.
Saltan los stops,
te han dejado seco, tirado en la lona.
Inversión a largo plazo, menuda mentira:
es el casino de siempre,
la ruleta que gira.

¿Escucha? ¿Lo oyes?
Es el sonido de las máquinas de alta frecuencia:
compran y venden mil veces antes de que tú parpadees.
Tú vas con un cuchillo de plástico, un tiroteo nuclear.
Ellos imprimen el dinero, ellos deciden las noticias,
ellos deciden cuándo hay guerra y cuándo hay paz,
y tú, tú solo pones la carne:
carne de cañón, carne de gráfica.
Tu dinero no desaparece, simplemente cambia de dueño,
y el dueño nunca eres tú.

Te vendieron la moto de la libertad financiera
y ahora estás preso en tu propia cartera.
Miras la pantalla con ojos de vidrio,
pensando en el puente, buscando el alivio.
Da igual si es Tesla, si es Apolo, si es Bitcoin:
el sistema te absorbe como heroína en el coin.
Es una estafa piramidal legalizada
donde el último tonto paga la entrada,
y el tonto eres tú, y el tonto soy yo,
alimentando a la bestia que nos devoró.
No hay análisis técnico que valga una mierda
cuando la mano invisible estira de la cuerda.
Rojo, sangre del gráfico:
tu ruina es su vicio, su juego, su tráfico.
La bolsa no es suerte, es una trampa mortal
diseñada para el sacrificio final.
Te barre la cuenta, te deja a cero:
bienvenido al infierno, bienvenido al matadero.
La banca siempre gana, la casa se lo queda,
y tú sales rodando como una moneda.

Pierdes siempre.
Game over.
Te levantas a las ocho.
Game over.

IV. Hacia el sur

El aire pesa como si estuviera hecho de plomo fundido
y el suelo quema las suelas de los que caminan sin nombre.
No hay brújula que sirva cuando el magnetismo es una fiebre,
cuando el horizonte se ondula y miente a los ojos cansados.
Es un zumbido eléctrico constante que se mete en los dientes,
una vibración que anuncia que algo grande se está rompiendo
detrás de las colinas secas donde muere la tarde.

Nos empuja la espalda con manos invisibles y calientes,
nos arrastra hacia el sur, hacia el sur, siempre hacia abajo,
hacia donde la tierra se rinde y entrega sus huesos al agua.
Dicen que al final de la línea roja del termómetro
nos aguardan, nos aguardan en algún lugar del rumor del mar.
Nadie sabe quién espera, si son fantasmas o salvadores,
o si es solo el eco de nuestra propia desesperación
rebotando contra los acantilados de un continente olvidado.

Pero caminamos, porque quedarse quieto es arder en el sitio.
Caminamos buscando ese ruido de fondo que promete frescura,
ese rugido de sal y espuma que limpia la memoria.
Allí lo oímos alguna vez, en un sueño o en otra vida,
cuando éramos jóvenes y el mundo no estaba tan seco,
con esa arrogancia de los elementos que no conocen la muerte.
El mar se reía de nosotros con su boca llena de algas,
mostrándonos un abismo tan puro que dolía mirarlo,
un azul que no era color, sino una puerta abierta
hacia el misterio que late debajo de la costra del mundo.

Buscamos esa voz en las emisoras de radio y en el viento,
buscamos esa frecuencia en el ruido de las ciudades,
pero es inútil, es un esfuerzo de ciegos tanteando muros.
No oiremos, no oiremos jamás uno mejor, jamás:
cualquier otro sonido es chatarra, es interferencia,
es el chirrido de una máquina oxidada comparado con aquello.
Esa sentencia nos persigue mientras cruzamos el páramo:
saber que la belleza absoluta ya pasó y no la retuvimos,
que el grito perfecto del océano se nos escapó de las manos.

Y ahora llegamos al borde donde la arena es cristal
y miramos la extensión líquida con miedo y hambre.
En el agua, una barca azul, apenas una mancha,
alista una travesía que no admite retorno.
No es un barco de hierro, no tiene motores ni banderas:
es madera pintada con el mismo color del olvido,
camuflada en la inmensidad para que solo la vean
los que están dispuestos a soltar el lastre de la tierra.

La marea sube, la madera cruje con impaciencia,
las cuerdas se tensan como tendones a punto de romperse.
Es el momento exacto, el segundo que divide la historia
entre quedarse a secar al sol como pieles muertas
o saltar a la cubierta y dejarse llevar por la corriente.
Si la perdemos, si perdemos la barca en este instante,
jamás haríamos tránsito, jamás cruzaríamos al otro lado:
nos quedaríamos varados en esta orilla de fuego,
mirando cómo la oportunidad se aleja y se hace pequeña,
condenados a ser estatuas de sal que miran al horizonte
mientras el verano eterno nos devora lentamente.

El miedo nos clava los pies, la duda nos cierra la garganta,
y mientras decidimos si somos valientes o cobardes
el tiempo sigue su marcha, indiferente y brutal.
El viento caliente zumba más fuerte, más agrio,
borrando las huellas, levantando polvo sobre los ojos,
secando la última gota de voluntad que nos quedaba.

Y entonces lo vemos, con el terror de quien llega tarde:
en la azul agua del azul mar, ya lejos de la costa,
nuestros barcos vacíos cursan, se van sin nosotros, navegan solos,
espectros de madera sobre el abismo, meciéndose con la elegancia
de lo que no tiene dueño. Se alejan, se pierden en la bruma de calor
y se internan hacia el sur, hacia el sur, hacia lo hondo,
llevándose la posibilidad de lo que pudimos ser
y dejándonos aquí con el zumbido en los oídos
y la certeza absoluta de que el tránsito se ha cerrado.
Solo queda el calor, solo queda el viento
y el rumor del mar que se ríe, inalcanzable,
mientras los barcos vacíos desaparecen para siempre.

V. Cuchillos

Como si el cielo llorase, como si el suelo quemase,
como un duelo que nunca acabase, como si se me clavase.
Oh, cien cuchillitos de aire invocan mil linajes,
en mi alma todos tus tatuajes,
mis ojos que lloran tu lunar en la frente,
en cada cuchillo una lágrima de sangre.

Ah, cien cuchillitos de aire rajan mis tripas
porque no me cabe este traje de nuestra boda, más bien mi mortaja.
Cien cuchillitos riegan tus medias con mi sangre,
como si mi alma no encajase en cien cuchillitos de aire,
en cada uno una lágrima de sangre,
como nuestro enlace, bodas de hambre.
En siete horas puede que me desangre:
clávalos todos en mi carne,
mejor que estar tan distante.
Tus cien puñaladas en mi frente;
en mi mente cien mil almas no me parasen,
como si la corte infernal ya no me entrase.

Lo que hay debajo de tu piel no es simple.
Lo que hay debajo,
lo que hay debajo.
Quiero volver a ver tu media de encaje,
mi alma, mi sangre: no, no es simple.

Tu corazón vacío, tu bolsillo lleno.
Todo el mundo quiere ser rico, nadie quiere ser bueno.
No existe nada que compre un corazón sincero.
Me da lástima el pobre que solo tiene dinero.
Todo el mundo quiere ser rico, solo tú quieres ser bueno.

Tu amor aquí guardo, en un cofre de oro.
Lo que hay debajo de tu piel no es simple.
Lo que hay debajo, lo que hay debajo… me vuelvo a mi trabajo.
Ya solo escucho el bajo de todas las canciones,
no me faltan razones,
no me sobran las opciones, carajo.

Como si los niños no me mirasen por gordo,
como si en otra vida contigo me casase,
como aquella vez que me miraste,
como aquello que de mí pensaste,
como si no me dejaste,
como si me preguntases,
como si aquí me encontrases
muerto por cien cuchillitos de aire.

VI. Maslow

Alimento para el alma,
comida para el cerebro,
bebida para el espíritu.
No quiero hacer dinero, no quiero pegar,
quiero que me quieran de verdad,
quiero tocar su corazón con mi verdad,
que me miren a los ojos cuando sea mi funeral.

Pirámide invertida, pirámide invertida,
más low, más low, ponme en la cima.

La fisiología de segundo plato,
un paseo a caballo, te preparo el carruaje.
Es el carrusel de un proyecto fallido:
puse lo de arriba abajo, pirámide invertida.
Le vendí una toalla a un pez.
Puedo venderte amor y soledad en un frasco:
aunque estés solo, te sientes acompañado.

Sé que no te cansas;
si te cansas, te cansas de mí.
De comer, si no tengo que salir a cazar;
de vivir, si no tengo que correr pa' salvarme.
Las batallas las elijo, sé perderlas,
las batallas las ganan mis soldados por mí.

Ellos quieren vernos a todos iguales,
nosotros invertimos la pirámide.
Las piedras angulares no son materiales,
las más pesadas están arriba de mí.
Arriba hay algo más que lo terrenal;
abajo, si buscas comida, puedes encontrarla.
No soy yo el que va a buscártela,
porque tengo otra forma de poder cazarla.

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VII. El peso de los días que se calcan

La soledad no es solo la ausencia de personas,
es la ausencia de propósito,
la ausencia de significado,
cuando te encuentras
en un mundo donde todo
parece extraño y distante,
donde cada conexión
es superficial
y cada intento de comprensión se enfrenta con indiferencia.
Te das cuenta de que la verdadera soledad no es estar solo,
sino sentirse solo
en un mundo que no te hace feliz,
sin sentido.

Es el peso de los días que se calcan,
un engranaje que gira sin mover nada,
donde el esfuerzo se pierde en el vacío
y el logro es un eco que no reconoce nadie.
Caminar por inercia, hablar por costumbre,
mirar el reloj y ver solo números fríos
mientras la vida sucede en otra parte,
lejos de este rincón de sombra y ruido.

Pero hasta el vapor de una taza entre las manos,
el modo en que tú me miras sin pedirme cuentas
o ese silencio compartido que no necesita llenarse…
El sentido no estaba en las grandes respuestas,
sino en la forma en que tus pasos miden los míos.
Lo pequeño se vuelve gigante: una risa, un gesto,
la certeza de que este mundo deja de ser extraño
cuando hay alguien que conoce todos tus pliegues.
Ya no hay futilidad
si hay un rostro que te nombra,
ni hay vacío si la casa tiene tu voz.

VIII. El puente

La tarde cae pesada sobre la mesa de madera
y el ruido de la calle se queda allá afuera.
Tu boca está cerrada, sellada por el miedo,
y sé que si pregunto se rompe nuestro credo.
No es falta de palabras, es que el dolor pesa,
y yo me quedo aquí, clavado en esta mesa.
He visto esa mirada de soldado vencido,
pero tú no vienes de la guerra: solo estás herido.

Y miro fijamente el fondo de tus ojos,
veo lo que callas, tus miedos y cerrojos.
No, no te haré preguntas, guardaré mi voz,
solo tomo tu mano, no hace falta un dios.
Para no perderte en esta oscuridad
construiré un puente sobre tu soledad.

Podría exigirte ahora que me cuentes la verdad,
usar la culpa, el grito o la piedad,
pero a veces el daño es un idioma extranjero
que no se traduce en un simple te quiero.
Así que apago el ego que quiere saberlo todo
y decido acompañarte aunque sea en el lodo.
No necesito los detalles, ni el quién, ni el cuándo:
me basta con saber que aquí seguimos andando.

Porque amar significa confiar ciegamente,
y para no perderte
lo tengo presente.
Construiré mil puentes y hace falta cruzar
en este largo camino que acabamos de empezar.
No importa si el abismo es profundo y violento:
yo pongo las piedras y aguanto el viento.

La arquitectura humana es frágil y defectuosa,
nos oxidamos con el tiempo, como cualquier cosa,
pero estoy aquí mezclando la arena con la cal,
dispuesto a levantar un arco sobre el mal.
Mañana seré yo quien mire al suelo y calle,
y espero que tú entonces no me des el detalle,
sino que pongas el ladrillo que falta en la brecha
y mantengas la vía abierta y derecha.

Y miro fijamente el fondo de tus ojos,
veo lo que callas, tus miedos y cerrojos.
No, no te haré preguntas, la respuesta es tu piel,
tomo tu mano fuerte, aunque el mundo sea cruel.
Para no perderte en esta oscuridad
construiré un puente sobre tu soledad.

En el largo camino contigo, sin preguntas, solo tu mano,
construyendo puentes
para no perderte.

IX. Cuerpos en la hierba

Hay cuerpos en la hierba
a las ocho de la tarde,
guardando el sol del día
como quien guarda calderilla.
El frío existe, ya lo sé,
vendrá despacio, a lo suyo;
pero hoy no. Hoy todavía no:
hoy gritan más los vencejos.

Los huesos, tan formales,
sostienen la fiesta sin cobrar entrada.
La sangre cambia de opinión,
la piel se equivoca y acierta.
Que esta vida no es un sueño
lo sabe el escalofrío:
el agua estaba helada
y te tiraste igual.

Levantarse, mirarse, hablar por hablar,
que esta boca fue polvo y hoy pide otra ronda.
Niños oliendo a verano, viejos silbando al andar,
y una tarde que dura porque nadie se marcha.
Si esto no es ser eterno,
se le parece bastante.
Si esto no es ser eterno,
que baje el frío y lo vea.

En el bordillo alguien afina
una guitarra prestada;
huele a cloro, a hierba seca,
a pan tostado en otra casa.
Nadie ha mirado el móvil
en un cuarto de hora largo:
será que estar aquí
ya es suficiente plan.

Mañana habrá persianas,
lunes, radiografías,
la sombra haciendo cola
detrás de la piel.
Pues que espere sentada:
nosotros vamos tarde,
nos hemos entretenido
en estar vivos.

Y si un día nos tienden del todo,
pues bueno, qué le vamos a hacer:
que nos pille bailando,
oliendo a cloro y a domingo,
con un botellín a medias
y algo pendiente que contarnos.
Porque lo bailado, eso sí,
no nos lo quita nadie.

Las mujeres, en lo alto
de su propia dulzura,
se ríen de algo suyo
que no piensan contarnos.
Los chavales, victoriosos
de no se sabe qué batalla,
se levantan del césped
como quien gana algo.

Se tienden, se levantan,
hablan sin decir nada
y no hace falta más:
mirarse ya es quedarse.
Cuerpos de andar por casa,
concretos, infinitos a ratos,
y con eso nos sobra
para ir tirando hacia la luz.

Los vencejos, la hierba,
la luz que no se rinde.
Mañana más.
Mañana más.

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X. Llamas

Desde los catorce años de edad,
con este material
están hechos mis sueños:
amor por el verbo.

Un par de veces roto,
el corazón no abortó;
sus grietas cosí
para amar más intensamente
justo aquí, junto a ti.

Me abro otra vez la herida
solo para entender su dimensión exacta,
solo por mantenerme alerta.
Agradezco esta espiga
que mi alma abriga.
Solo aspiro a cierta vida sencilla,
tan elusiva, corta cuchilla.

Con poesía que baja a la calle,
compra verduras y vino.
Me castigo, me hago fuerte,
pecados divinos.
Poesía con que el dolor se abola,
poesía que crece sola
y encuentra palabras, ritmos, cadencias,
prueba, errores,
escribe continuo, rompe corazones,
arregla la pena, corrige el camino,
jugamos al destino.
Poesía de amores, llenos de cama,
bocas, lana, desvanes.
Esta noche vienes:
lágrimas, ríos, cuerpo
y noches en llamas.

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