Lo que quise decir
Habla un árbol de doscientos años de una plaza y cuenta el tiempo y lo que dura. Es un recitado sobre sonidos de la calle y sintetizadores.
La escribí en octubre de 2026.
Letra
Me plantaron cuando esta plaza era de tierra
y las cabras bajaban a beber a la fuente.
Tengo doscientos años, más o menos.
Los árboles no celebramos los cumpleaños:
nos los apuntamos por dentro, en anillos,
como quien guarda los recibos.
He visto ahorcar a un hombre en esta plaza.
Llovía. La gente comía pipas.
He visto a dos chicos besarse detrás de mi tronco una primavera,
y diez años después vi a uno de ellos pasar solo, con la cabeza baja,
y no me miró.
He visto a una niña abrazarme todos los días al salir del colegio,
hasta que se hizo mayor, dejó de abrazarme
y empezó a fumar debajo de mí.
Me han puesto una terraza alrededor. Me han colgado bombillas.
Me han grabado corazones a navaja, me han atado bicicletas.
No me quejo.
Un árbol no se queja.
Un árbol se ensancha.
Vosotros vais muy deprisa.
Os veo cruzar la plaza mirando el teléfono,
verdes en abril, amarillos en octubre,
y luego el viento.
Yo me quedo.
No porque sea mejor.
Porque no tengo pies.
Cuando me corten, que me cortarán, contad los anillos.
Ahí está todo:
los veranos secos, el año de la nevada,
la noche que ardió la iglesia,
el día que la niña me abrazó por última vez.
Es un diario.
Se lee desde dentro.
(Hola, árbol.)
Hola.

